07 junio 2017

Tierra de fantasmas

Kaskarilleira es tierra de fantasmas. Algunos con chicha, otros despojados de todo carnadura.

Están los fantasmas de "toda la vida", herederos de viejos fantasmas. Los que aún sobreviven presumiendo de sus polvorientos y linajudos álbumes familiares o de sus apellidos compuestos. Muchos de ellos no eran hijos de nadie hasta que azularon su sangre aprovechándose de la notoriedad de sus antepasados,  aquellos ilustres y heroicos deportistas practicantes del tiro mortal al sindicalista asustado, a la costurera rebelde o al maestro tembloroso que se agarraba los pantalones sin cinturón para no perder la dignidad en su hora postrera.
Estos fantasmas ya tienen nietos y en verano les gusta apreciar lo que han crecido cuando los ven bañarse en la piscina de la finca - así le llaman para no llamarle chalet - que los abuelitos regalaron a sus papás cuando éstos heredaron el bufete, el estudio, la gestoría o el señorío del apellido. Fantasmas abuelos que gastan las tardes de invierno en partidas de billar o de cartas bien resguardados dentro de esa mole grotesca y monstruosa que llaman casino, construido gracias al pelotazo inmobiliario de un juez corrupto.
Al llegar la noche, a la hora de los vinos en el bar de siempre, los más osados recuerdan con nostalgia viendo a la nueva juventud barbada, sus viejas andanzas matoniles contra rojeras y melenudos en los tiempos ingratos en que falleció el Caudillo.
No comprenden que ha pasado desde entonces. No comprenden porqué su tiempo es solo recuerdo y porqué Kaskarilleira ya no es su ciudad.
No comprenden porqué una pandilla de impresentables indecorosos a los que no conocen de nada se ha adueñado de la ciudad que siempre consideraron suya. Patalean y se quejan, montan barullo desganado en ciertas celebraciones en decadencia y se quejan  sin cesar de lo humano y lo divino.
Cierto es que cuentan con algún escribano amigo de pluma remilgada defendiendo los viejos valores desde el diario más reaccionario, ese que vive de viejas suscripciones que la gente se olvidó de cancelar. El rancio periódico es un baluarte para defender su malestar, ya que les ofrece esa clase de hostilidad desorbitada que no puede disimular - tras el supuesto cariz ideológico - que la cosa va de pasta, es decir, de no recibir pasta municipal para mantener el tinglado ruinoso.
Y sin embargo nada parece suficiente para su congoja, por eso un grupo de ellos crearon una comisión y me visitaron en mi mugriento despacho de detective.
  • Arou, queremos  que nos deje su contenedor transtemporal para viajar al pasado.
Flipé. Ya era una pasada que aquella gentuza pija hubiera llegado hasta mi covacha, pero que encima me pidieran que les dejara viajar en mi asqueroso contenedor de basura (*)a cambio de todo un pastizal  de euros, me pareció la leche.
  • ¿Y qué se les ha perdido a ustedes en el pasado?
  • Queremos instalarnos en él. Colonizarlo. El presente es una mierda.
  • Bueno, pues vale.
Dos días mas tarde se fueron en manada no sin pelearse para conseguir hasta el último rincón disponible del codiciado contenedor. Un viaje sin retorno, de eso me encargué yo. 
Hoy me sobra el dinero y diría que desde que se fueron se disfruta de un aire menos viciado en esta ventosa y algo pretenciosa ciudad atlántica en la que reposa mi sombra.

(*): Haced clic aquí si queréis recordar las características de mi cachivache.
(Capítulo 37 de Kaskarilleira Existencial.  

24 mayo 2017

Vivir de rodillas

¿O sea que te han dicho que vivir de rodillas es degradarse?
¡Qué sabrán ellos! ¿Acaso nos quejamos?
 Los que mandan deben tener buenas razones para obligarnos a adoptar tal postura y nosotros lo que debemos hacer es obedecer sin pretender entenderles, sus buenas razones tendrán. En vez de patalear como idiotas llorando por los derechos perdidos deberíamos disfrutar de la situación y sacarle todo el provecho posible.
Por ejemplo, ahora hay más igualdad, ya que en esa posición las diferencias de altura son menos relevantes.
Es cierto que no poder conducir nos fastidia un poco, pero a cambio tenemos menos contaminación ambiental. Ahora por ejemplo, los transportes públicos apenas son necesarios; nos costaría un mundo llegar a ellos y la gente siempre prefiere quedarse en casa cuidando de la familia y de las plantas, que vienen a ser lo mismo.
Hacemos muy poco deporte, debemos reconocerlo. Un poco de natación - hemos inventado un estilo nuevo pero implica cierto riesgo de ahogamiento -, alguna partida de ajedrez, las cartas, el parchís, el dominó. Sin embargo es un alivio habernos librado del forofismo que siendo la salsa de las viejas competiciones generaba muchas broncas entre la gente.
De hecho, si hubiera conflictos importantes, la cosa se pondría complicada. Somos occidentales civilizados y hemos descartado el sistema de resolver nuestras disputas a garrotazos en plan Goya. Tampoco podemos correr para escapar, ni tomar carrerilla para acometer a nuestros rivales. Solo nos queda hablar y hablar y hablar hasta que alguien se queda roque, dormido sobre la alfombra. En nuestro mundo triunfa siempre el parlanchín, el que tiene más pico, pero eso también pasaba antes cuando vivíamos erguidos.
¿Qué hacemos cuando alguien se sobrepasa? Muy fácil, le obligamos a estar a cuatro patas. ¿Crees que no es mucho castigo? Se ve que no sabes lo que jode esa pequeña diferencia cuando vives entre gente arrodillada pero que puede mover las manos.
Ahora con esta recobrada lentitud hemos vuelto a disfrutar de la naturaleza, de los paisajes y de eso que llaman los cursis “las pequeñas cosas”. Somos más prósperos, tenemos menos dinero y menos posibilidades para gastarlo. Nos hemos librado de las grandes palabras, de los grandes conceptos y tenemos una única ilusión: volver a estar erguidos algún día.
Si lo piensas bien nuestros benefactores fueron justos con nosotros: o nos dejaban sin nada  permaneciendo de pié o manteníamos nuestros pequeños privilegios estando de rodillas. No había elección. 
Al principio fue un poco bochornoso, es verdad, pero ahora todo va sobre ruedas y si nos sabemos comportar han dicho que serán generosos. Quizás  nos devuelvan los zapatos y nos quiten las cadenas que aprietan nuestros tobillos.
Estamos aliviados. Hemos conservado nuestro estatus porque seguimos siendo humanos. 
Casi te diría que somos unos privilegiados. 
¿Verdad que somos unos privilegiados?

09 mayo 2017

¿Quién nos salvará de los figurones?

Nadie quiere decirlo. Nadie tiene el valor de expresarlo con la suficiente claridad. Es como si hubiese un miedo soterrado a manifestarse con franqueza en un tema de tanta enjundia.
Un tema que se convierte en plaga bíblica en campos y ciudades. Pequeñas villas y pueblos grandes. Ciudades durmientes de heroico pasado y urbes medianas con pretensiones de grandeza futura. 

También es propio  de grandes ciudades, pero su efecto pernicioso se diluye ante la necesidad de mantener el pellejo a buen recaudo en un entorno hostil y malsano.
Me estoy refiriendo a la dañina plaga de los figurones. Seres fastidiosos formada por hordas de engolados ciudadanos en busca de reconocimiento ajeno sin reparar en medios y fines. 
Los hay inofensivos, esos que se reúnen en manada a la media tarde en lugares concurridos para cazar incautos e inocularles el veneno de sus conocimientos mundanos. Saberes adquiridos con la única finalidad de atosigar a sus víctimas, atraparlas en su pegajosa red de nimiedades y reducirlas a condición subhumana.
  • ¿Cómo es posible no conocer a fulanito de tal, no haber comido en el restaurante cual, no haber viajado allá o no haber visto nunca aquel otro? 
  • ¿Cómo es posible no pensar lo que hay que pensar, no decir lo que hay que decir, no sentir lo que hay que sentir?
Luego están los otros, los figurones mayores, protagonistas indecentes en todos los eventos de postín. Empeñados en arrimarse en donde bulle el mundo, no porque les importe un carajo que se agite - por ellos como si explota - si no porque son polillas narcotizadas por la brillantez de luces ajenas a las que se arriman con vocación suicida. 
Una cohorte indecente de pelotas, arribistas, mayordomos, groupies,  seminaristas, bufones, activistas, artificieros, consejeros, profesores y gente de mal vivir apostada allí donde el poder se asoma o donde puede asomarse. Pertinaces y  camaleónicos saben camuflarse entre la gente decente - entre los buenos profesionales o los verdaderos entusiastas de ésto y aquello -  y luego cuesta un mundo descubrir su hueca condición mutante.  Su vacía y artificiosa condición.  

Sí, amigos,  la de los figurones es una pandemia universal que la OMS - inventora de tantos males según dicten las farmacéuticas - no ha querido identificar  a pesar de corroer todo el tejido social.
Puede que la entronización de cocinillas con firma, teóricos de la nada, novelistas rancios,  tertulianos viscosos, cortesanas de luxe, periodistas mercenarios, costureros engreídos, presentadores matones,  asesinos de toros y demás ralea obedezca a un equivocado plan de reclutamiento por parte de nuestros gobernantes para tenernos entretenidos. Si es así que lo dejen. Experimenten con otras cosas. Uno no sé divierte cuando le dan a elegir entre el asco y el tedio.

Lo importante es saber si podremos salvarnos.
De si tendremos el coraje suficiente para hacerles frente.
De si podremos sobrevivir a estos ladrones de cuerpos, a estos ladrones de almas, sabiendo que conviven con nosotros, que son como nosotros y que están al acecho de nuestra más leve debilidad.
¡Intentémoslo al menos! 
Os invito pues a crear conmigo  un Comite de Damnificados por las Insidias de los Figurones que establecerá estrategias de lucha para defendernos de su maquinaciones y nos  llevará, sin ningún género de duda, a un amanecer de confianza y libertad.
Yo, por mi parte, no pondré reparos en capitanear la lucha.

25 abril 2017

Revoluciones, canciones, flores y sonrisas

    
Han pasado muchos años pero es necesario seguir recordando aquella hermosa jornada. 
Aunque parezca que no hemos avanzado y que la pantomima siguió su curso inasequible cuarenta y tantos años después.
Es cierto que los explotadores han sustituido sus apolillados uniformes por trajes de mejor paño.
Sus viejas miradas afiladas y soberbias se han engrosados en sus rostros por las sutilezas de la cocina de diseño
No, no sé escuchan las groseras órdenes de antaño que acuartelaban bellas palabras.
Ahora todo es telemático y suena aséptico, pulido, pasteurizado. Como de colmena metalizada en las honduras del bosque.
¿Pero quién  se acoraza detrás de los nuevas ofertas, de los nuevos cacharros casi siempre, que nos prometen eterna felicidad?

Si alguien piensa que no hay motivos para retomar aquella estela iniciada por las capitanes de abril se merece lo que le pase.

Si alguien piensa que puede seguir viviendo desterrado en su aislada torre de marfil será porque siendo ciego, sordo y mudo también es idiota.

Definitivamente idiota.

Este es un homenaje sin importancia a ese maravilloso pueblo portugués que una vez entendió que las revoluciones también se pueden hacer con canciones, flores y sonrisas. Con claveles y libertad.

Las revoluciones que nos gustan, esas que aunque a veces nos defrauden, podemos decir de ellas aquello de...

 
Quando eu finalmente eu quis saber
Se ainda vale a pena tanto crer
Eu olhei para ti
Então eu entendi
É um lindo sonho para viver
Quando toda a gente assim quiser.

10 abril 2017

Alas sobre mi ciudad


Cansado de ser una escoria de la sociedad decidí convertirme en ángel.

Lo primero fue comprarme unas alas y aproveché una buena oferta en Amazon. Eran de plumas negras de 80x60 cm. y tenían unas agarraderas de cuero. Por fuera estaban revestidas de material plástico para protegerlas de la humedad. En el paquete también se incluía una antología con textos de Paulo Coelho, Jorge Bucay, Jodorowsky, Eduard Punset y otros adalides del pensamiento chorras. Iba a quemar el libro, como hubiera hecho mi colega Pepe Carvalho, pero en el último momento decidí darle una segunda oportunidad como cuña debajo de mi renqueante mesa camilla.
En  la hora mágica en que se apagan los televisores y una torrentera de agua corre por los cañerías; estaba yo, Fiz Arou, detective amargo de la dulce Kaskarilleira, subido a una silla al lado del ventanal del salón esperando la llegada del gesto valiente que me permitiera lanzarme al infinito.
No llegó, ni en ese día ni en los dos siguientes y en el tercero hubo tormenta. En el cuarto me fui de fiesta y en el quinto tenía una resaca de mil diablos. En el sexto me tragué media botella de Havana Club 7 y al subirme a la silla tambaleante con el ventanal abierto tropecé y caí al vacío desde mi sexto piso.

No me acababa de convencer la idea de aterrizar en el suelo usando como tren de aterrizaje mi frágil aunque bella nariz; por lo cual, a la altura del 3º, empecé a menear las plumas con la misma ansiedad con que la gallina mueve las suyas al ver aparecer a un zorro desde lo alto del gallinero.

Amor eterno a Jeff Bezos, el capo amazónico, sus alas me salvaron el pellejo al permitirme girar en redondo y lanzarme a los cielos. Convertido en cohete de fiesta aún tuve tiempo de oír a un borracho que desde la puerta de un mesón me gritaba:
  • ¿Onde vas, langrán, ou queres comerte o mundo?  
No quería comerme el mundo. Me conformaba con dar un planeo de gaviota por la afamada noche de Kaskarilleira.
"Se tivera que escoller nos sei que escollería, se entrar en Kaskarilleira de noite ou entrar no ceo de día" escribió el poeta y yo desde allá arriba, quería comprobarlo a riesgo de pillar un trancazo del carajo por la ventolera y el frío que venían del mar.
Hacia el mar me fuí. Allí estaba el puerto con su vergonzosa valla separando territorios y robando a la ciudad el latido del océano que le había dado vida. Un robo ignominioso que podría ser letal si los miserables burócratas que dirigían el tinglado llevaban a cabo sus proyectos privatizadores para financiar un innecesario puerto lejano.
Había que tomar medidas. La primera como ángel debería ser muy diabólica.  En el manual de uso que acompañaba a las plumas también se decía que multiplicaba las fuerzas del usuario hasta 10 veces más.
Tenía que constatarlo. Sobrevolé sobre la entrada metálica del puerto, la agarré con todas mi fuerzas y tiré. Tiré hasta que salí despedido con aquella enorme reja en las manos.
A la mierda con ella, me dije. Atravesé la bahía como un bólido nocturno de mala leche y llegué justamente ante el edificio donde gobernaban los gerifaltes malotes del puerto.
Fue una buen caída, el tejado sufrió el impacto y se resquebrajó con un horrible crujido. Salí pitando para casa. Baje a tierra y pillé un taxi. No fuera a ser que me pillaran y me trataran como a esos individuos lamentables que escriben tweets, hacen chistes, editan carteles y cometen otras barbaridades delictivas.
Kaskarilleira brillaba bajo la luna y la luz del faro legendario iluminó el retorno a mi nido.

(Este es el capítulo 36 de Kaskarilleira Existencial. Aquí están sus otras historias)

24 marzo 2017

Tus papás te aman

Al niño le gusta hacer el mono en el pasillo de su casa. Sus papás, tan modernos, lo han enviado a un curso de expresión corporal.

El niño, ahora inexpresivo, hace redobles golpeando con sus manos una caja de cartón. Sus papás, siempre diligentes, lo han matriculado en el Conservatorio.

El niño odia el solfeo, pero corre y da saltos por el parque. Sus papás, bien dispuestos, lo han inscrito en el club de atletismo.

El niño agotado, solo quiere pintarrajear hojas de papel con su caja de colores. Sus papás, siempre atentos, le obligan a ir a clases de plástica.

El niño ya no pinta nada, está quieto y tiene miedo de moverse. Sus papás, muy preocupados, lo llevan al psicólogo.

 (Lo escribí en el 2008, pero tenía interés en publicarlo de nuevo con ligeros retoques, porque todo va a peor)

10 marzo 2017

El final de las dudas

Tenía que hacerlo. 
Debía esconder mi última duda en el lugar más impenetrable de mi mente para ponerla a salvo de los militantes de la Verdad Absoluta.
Tiempos oscuros.

Disputaron el poder en dos bandos supuestamente enfrentados pero era mentira, el Partido de los Verídicos y el Partido de los Auténticos se pusieron de acuerdo para gobernar en coalición y erradicar juntos los “cuestionamientos individualistas peligrosos”.
El decreto gubernamental fue concluyente: en el plazo de un mes los ciudadanos tendrían que desprenderse de sus dudas perniciosas.  

Miembros del "Comite Local para el Exterminio de Dudas Tóxicas, Maniáticas y Obsesivas" (CLEDTOMANO) habían colocado en las calles contenedores de color zafiro, para que los ciudadanos se desprendieran de sus incertidumbres inadecuadas. La sede del Cuerpo Oficial de Sacerdotes Calibradores de Dudas (COSCADA), se abarrotó con inmensas filas de ciudadanos ansiosos de que les informaran si sus incógnitas eran tóxicas o livianas, amenazadoras o amigables, pasajeras o permanentes.
Nadie pensó que algo tan nimio causaría tanto dolor. 
La población  se  despidió de sus dudas como si las enviaran a la guerra. Estallaba el llanto en los ojos de los más ariscos y la tristeza danzaba sobre la muchedumbre.
Yo también me fui desprendiendo de las mías, pero cuando llegue a la última, titubeé. Por entonces empezaba a correr el rumor de que enormes camiones nocturnos transportaban nuestras dudas a siniestros campos de exterminio.
Me dio pena aquella última duda tan pequeña y vulnerable. Me había sido fiel durante muchos años y seguía tan fresca y lozana como el primer día.
Ahora sigue conmigo. Tierna, íntima y clandestina.
La alimento con lo que puedo y sé que le entregaría mi alma si me la pidiese.

No puedo dejar que desfallezca. Es cuestión de vida o muerte.
Mientras ella viva, viviré yo.